creo que te extraño, Córdoba

No se puede dormir en un barrio con una maternidad (un “draft” del taller 2010)

Argentina. Córdoba Capital. Plaza Colón. A la sombra de un árbol de la familia de las Fabaceae, casa improvisada de cartón. 10 de octubre de 2010. 10 de la mañana. Mario peleaba con su vecino, el viejo que dormía en el banco al lado de la fuente. El viejo se quejaba porque Mario hacía sus necesidades ahí, en la fuente, y lo despertaban las mañanas de primavera, soleadas y calurosas, con olor a desechos fermentados. Puesto que Mario se mostraba reacio a modificar sus hábitos, el viejo decidió irse para siempre, pero antes, arrojó una piedra que golpeó a Mario en la parte superior de la frente, justo donde comienza el cuero cabelludo. Un par de horas más tarde, un perrito caniche con moños rosados en las orejas despertó a Mario lamiéndole los pies descalzos. Tenía la cara y el cuello pintados con sangre seca. No recordaba su nombre, cuándo había nacido, dónde vivía o por qué tenía un corte en la cabeza. No llevaba ningún tipo de documentación. Por lo tanto, Mario dejó de ser Mario. La dueña del perrito, una chica que apestaba a adolescencia, le dijo que vaya al edificio ubicado al frente de la plaza para hacerse ver la herida. Obedeció y entró a estas instalaciones donde parecía haber gente herida y enferma como él. Oyó muchos gritos al pasar por la puerta. Para adaptarse a la nueva especie, al nuevo entorno, Mario decidió gritar desaforadamente también. Todos los miraron muy mal. No porque gritara, sino porque era un croto. Pero él no recordaba este detalle. Una enfermera lo atendió en una sala donde había tres mujeres dando a luz. Mientras le cosían la herida, Mario observaba a las nuevas criaturas sucias, confundidas, sin nombre.

Avenida Colón esquina Rodríguez Peña. A la sombra de un E5. 10 de octubre de 2010. 5 de la tarde. Era la primera vez que le pasaba algo así a Francisco. Aquél tipo había cruzado con una sonrisa en la cara, como alguien a quien le dan la oportunidad de empezar todo de nuevo. Podría haber sido un suicida. Eso iba a decirle a la policía. El gremio es fuerte y Francisco va a zafar seguro, pero su consciencia no lo va a dejar vivir en paz. Todos sus pasajeros se bajaron, fueron a ver el cuerpo, gritaron horrorizados y se volvieron media cuadra hacia la parada para tomar otro colectivo, a paso lento y en silencio, con la tranquilidad de Alberdi y su música, los perros de la calle, las tonadas, los bocinazos, los estudiantes, los artistas. Francisco se arrodilló en medio de la avenida, cerró los ojos del hombre atropellado y rozó, sin querer, la herida que tenía en la frente. Gritó de la bronca, como un bebé que acaban de parir.

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4 Comments

  1. yalan

    yo te extraño tanto. es fuerte lo que escribiste. te lo puedo robar y leerlo como si fuera mío el miércoles? te quiero.

  2. Wow, Luchina! Córdoba seguramente te extraña, también. Qué linda que brilla ahí en tu ventana 🙂

  3. Andy

    mi papa no me quizo llevar a cordoba porque no queria!! extraño cordoba!!! mucho cordoba extraño! a las 15:00 me voy a la casa de mi abuela

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